miércoles, 1 de mayo de 2013

Sí se podía


Estadio Santiago Bernabéu. Minuto 82. Vuelta de semifinales de Copa de Europa. El Real Madrid está a tres goles de pasar a la final. Y aún así se pudo conseguir, así de grande es este equipo. A veces se sabe la talla de un equipo, de un club, de una filosofía, de una historia, por cosas que poco tienen que ver con los resultados. Hoy se pierde por tercer año consecutivo en semifinales; pero lo que queda es la indescriptible sensación de que ni siquiera tres goles de desventaja con diez minutos de partido y contra un rival abrumador en muchas fases de la eliminatoria  son capaces de hacer hincar la rodilla a este escudo legendario.
El Madrid lo tuvo en sus manos desde la salida. La hoja de ruta estaba clara y la tropa de Mou ejecutó los movimientos a la perfección, percutiendo con precisión quirúrgica las líneas enemigas durante el primer cuarto de hora. Por desgracia, la artillería no estuvo a la altura del plan. Tanto Higuaín, silbado al ser sustituido, como Özil, superado por toda la eliminatoria, como Cristiano, que ayer jugó lesionado –sin que se sepa bien qué es más protestable de todo ese enunciado–, tuvieron tres ocasiones clarísimas que pudieron haber allanado el camino.
Tras esos fallos clamorosos solo hubo un protagonista con mayúsculas que creyó ciegamente en la remontada: Diego López. El portero titular del Real Madrid sujetó en su equipo con la misma convicción que evitó su desplome en la ida, y sus guantes espolearon a unos compañeros agotados por lo infructuoso de la tarea titánica que ellos mismos se habían puesto por delante. Sin Xabi Alonso, roto por la lesión que le ha lastrado toda la temporada, y con Cristiano mermado, Diego y Ramos se erigieron en bastiones indispensables.
Fue precisamente el capitán el que dio la vuelta al estadio, y a punto estuvo de hacerlo con la eliminatoria en el 88’. Su gol fue pura rabia y la antesala de una remontada que nunca llegó a producirse porque el Borussia supo perder tiempo y porque Webb no guardó tanto celo en las áreas como su homólogo de la ida. Pero se vislumbró. Y pareció real. Cuando parecía imposible. Esto es el Madrid.

jueves, 25 de abril de 2013

Batacazo y clavo ardiendo




El Real Madrid fue atropellado ayer por un rival al que no ha sido capaz de ganar en tres partidos esta temporada y contra el que solo ha arrancado un empate, en casa y arrebañando. Lo que sucedió en la ida de la semifinal de Champions en el Signal Iduna Park fue tan incontestable que cualquier bufido contra el adversario no solo desmentiría al propio himno, sino que atentaría ridículamente contra la verdad futbolística, que ayer perteneció en exclusiva a un solo equipo. Y no vestía de blanco.
El inicio del partido calcó el precedente de la liguilla previa, con el equipo local  henchido de felicidad por su recuperada condición de aspirante después de haber penado en la ronda anterior con la pesada armadura de favorito. Apenas diez minutos le bastaron al equipo fosforito para santificar de nuevo a Diego López y adelantarse instantes después con un gol de Lewandowski, que le robó la cartera, los pantalones y la dignidad a un Pepe absolutamente desbordado.
No leerán lo suficiente –especialmente en la prensa “deportiva”– la falta que hace Arbeloa en este equipo, si no ya tanto por su condición de especialista en el lateral derecho, desde luego sí por habilitar la bicefalia Ramos-Varane en el eje de la zaga, desterrando a Pepe de un once que no ha merecido en casi ningún momento de esta temporada.
El empuje del Borussia, eso sí, duró los consabidos diez minutos, y a partir de ahí el partido se equilibró, con el Madrid tímidamente asomado a la portería rival como quien no acaba de convencerse de que, en efecto, se podía cortar alguna cabellera en territorio comanche. Al filo del descanso, Higuaín fue el primero en adoptar la determinación de que había escampado lo suficiente como para atreverse a salir al patio, birlarle la merienda a los matones y alimentar a un coloso siempre hambriento de apellido Ronaldo.
El descanso fue una verdadera lástima para el Madrid, porque tras el 1-1 no parecía haber brújula que pudiera permitir al Borussia gobernar el partido con la placidez que lo había hecho hasta entonces. También fue una pena el cúmulo de infortunios que condujo, apenas iniciada la segunda mitad, al 2-1. Un mal rechace, un fuera de juego mal tirado y un excepcional bigardo con un talento descomunal en los pies completaron la cadena de un accidente durísimo que metió en la UVI al equipo blanco.
Instantes después, el Dortmund fotocopió el horror: mal rechace, mala cobertura, enorme movimiento de Lewandowski y nuevo fusilamiento sin ser 3 de mayo ni nada. 3-1 y constantes vitales bajando. Sin tiempo para respirar, Diego López, el único responsable de que ayer el Madrid no se llevara siete, tuvo que recoger por cuarta vez el balón de sus mallas después de un penalti cometido por Xabi Alonso que pareció una mala broma a juzgar por el listón de agresividad con el que midió el árbitro el resto del partido.
Con el 4-1, el encuentro se subió al pasaje del terror para el Madrid y, aunque hubo muchos sustos, ninguno acabó en la muerte definitiva del enfermo. Eso sí, el Dortmund era mucho más real que el Madrid, y ni siquiera un par de ocasiones sueltas de Cristiano y Varane hacia el final del partido fueron capaces de maquillar esa sensación. Mucha cirugía se necesitará el próximo martes para que el clavo ardiendo de la #remontada sea algo más que un desesperado ejercicio de voluntarismo. Pero, desde luego, si alguien entiende de fútbol en estos términos, es sin duda este club.

martes, 9 de abril de 2013

La pasión turca


Aunque ya hayan pasado varias lunas, el Madrid se empeñó en prolongar la Semana Santa con un peculiar martes de pasión. Lo hizo con alevosía, ya que el tempranero gol de Cristiano Ronaldo ponía más que de cara la eliminatoria después del suculento botín cosechado en la ida. Como para anticipar que una hora después se estaría sacando número en la sala de espera del sufrimiento.
Poco pasó durante la primera parte, pero un pepinazo de Eboue con el exterior devolvió las tablas al marcador y la fe al equipo turco. Y por lo que vino después, bien pareció que alguno se quedó dormido durante las sesiones de vídeo con las que Mou dijo haber soliviantado a sus huestes para evitar excesos de confianza, porque en solo dos minutos, el 71 y el 72, el Galatasaray se puso a dos goles de las semifinales.
La empanada era de tal calibre que sirvió para bajar de la nube a Varane, un central como la copa de un pino que tuvo una noche horribilis, a la altura –o bajura– de sus compañeros de zaga: un Pepe lento, Coentrao por debajo de su gran nivel de los últimos partidos y Arbeloa expulsado en la recta final por doble amarilla. En un pésimo partido el equipo se acabó sujetando al mástil de siempre. Cristiano Ronaldo sacó brillo a sus estadísticas para librarse de la quema y al Madrid de la angustia de unos últimos minutos demasiado cerca de la eliminación de lo que habría resultado tolerable. Tampoco es, claro, como para olvidar que el equipo se mete por tercer año consecutivo en semifinales, después de una tacada infame de años dándose de cabezazos contra rondas mucho menos nobles. Que quede la cosa como aviso para los, esperemos, tres partidos que hayan de venir.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Permiso para soñar

El Madrid culminó su resurrección soñada en el mejor teatro posible: Old Trafford. Lo hizo, además, sobreponiéndose a una hora de pesadilla en la que Sir Alex Ferguson supo plagar de espinas la autopista hacia al gol que habían encontrado los blancos, verdes ayer, en su doblete particular contra el Barça. Buen conocedor de sus fortalezas, sobre ese cimiento ha construido infinidad de equipos ganadores el escocés, Fergie le negó a Mourinho el contragolpe y se acomodó en la ventaja inicial que le proporcionaba el empate a domicilio de la ida.
Como casi siempre que se le ha planteado tal dilema esta temporada, el Madrid se sintió durante 60 minutos como un niño que trata de encajar la pieza cuadrada en el hueco redondo. Durante la primera parte, el juego estuvo a punto de saltar por los aires en un par de disparos de Van Persie y Wellbeck que Diego López salvó in extremis. En la segunda, la bomba estalló con una jugada de billar en la que Sergio Ramos acabó metiendo la bola negra en la tronera equivocada.
Con el 1-0 y el infierno de los sueños encendido, el Madrid se agarró a un protagonista inesperado: Modric. Cualquier otro entrenador hubiera optado por más madera. Mourinho optó por contratar a un nuevo maquinista.
Con el croata en el campo, el Madrid se descongestionó, empezó a percutir con fuerzas remozadas sobre la doble línea de cuatro rival y la puerta del castillo ya no pareció tan inexpugnable. Ante el asedio, los locales buscaron refugiarse en alguna contra que, más que rematar la eliminatoria, les permitiera hacer acopio de víveres y oxígeno ante el invierno que se avecinaba. La consigna era cazar algún balón dividido y Nani se prestó voluntario con tanto entusiasmo que el colegiado no le perdonó que en el disparo se llevase puestas las costillas de Arbeloa, el pobre cervatillo que pasaba por allí.
Con la expulsión, todo cambió. Sobre todo porque, instantes después, Modric hizo gala del desparpajo que le faltó toda la noche al líder natural, Cristiano Ronaldo, para zafarse de un par de defensas en la frontal y soltar un zurriagazo enorme. La estirada de De Gea fue inmejorable, las coordenadas del disparo, imparables.
Con el empate y la perspectiva de una prórroga con un hombre menos, el United se vino definitivamente abajo. Era cuestión de tiempo y no pasó mucho hasta que Higuaín se inventó una pared y un desmarque en el área para servirle en bandeja el 1-2 a Cristiano. Poco partido quedó a partir de entonces, pese a que a Diego López le dio tiempo para sacar tres balones imposibles, uno con el pecho y dos con los puños, y a Ramos a jugarse un penalti estúpido en el descuento.
El Madrid eliminó a un equipo titánico con talento y plantilla suficiente para haberse proclamado campeón de Europa este mismo año. Y no hay mejor manera de honrar a un rival de la talla del caído ayer que asaltar con todas las fuerzas el cetro continental.




domingo, 3 de marzo de 2013

Un hit con cara B


 
Como gran estratega, Mourinho guardó bajo siete llaves la bocanada de moral arrebatada el martes de las mismas fraguas del Monte del Destino. La Liga ni se perdía ni se ganaba ayer y el timonel de la nave blanca entendió que el partido habría de disputarse en latitudes tranquilas, donde el anfitrión tuviese siempre un saliente al que sujetarse.
Con solo infestar la alineación titular de suplentes, el técnico de Setubal encontró la respuesta a todos los escenarios posibles. Si se perdía, se estaba pensando en la Champions. Si se empataba o ganaba, el Barça entraba en barrena. Pero, tácticas aparte, no había de interpretarse el movimiento de apertura como una descarada entrega de la partida. Al contrario, el plan era maestro: poner al líder contra el espejo de sus dieciséis puntos de ventaja y convertir el tiempo en aliado propio y desatador de nervios ajenos. El objetivo era mantener el partido vivo con los suplentes, dejar que el Barça tradujese sus nervios en la estéril horizontalidad de sus peores tiempos y esperar a que el séptimo de caballería acudiese al rescate en la segunda parte.
El plan se volvió todavía mejor de lo esperado cuando a los cinco minutos, Morata inició su ejercicio de reivindicación lanzando desde la izquierda un frisbie a media altura que Benzemá cazó rememorando los tiempos en los que su agilidad felina era un activo y uno una pulla.
Prueba de que el Madrid no había salido a marcar en la primera parte fue que, después del gol, ninguno de los dos equipos supo muy bien qué hacer. A los jugadores del Barcelona, porque no llegaba el guasap salvador que descifrase el jeroglífico en el que se había convertido la última semana y porque el borbonesco remedo de Gaspart que gritaba en impecable castellano desde la banda tampoco ayudaba. Y al plan B del Madrid porque ninguno se imaginó que tuviera que ser plan C: ya no solo titular, sino además vencedor ante un Barça que, más que en la lona, estaba ya en el diván.
En esa tontuna en que se convirtió el partido, con escenas tan dantescas como la pared horizontal en bucle de Messi e Iniesta (perfecto exponente del sumidero por el que se podía diluir la propuesta del tiquitaca si se perdía el referente de la portería contraria) el argentino encontró la costura por la que nivelar la contienda. Lo hizo tras un pase a la espalda de Ramos, que se vio tan sobrado para equilibrar la desventaja de metros con respecto al argentino que hasta se permitió acudir puntual a su cita con el juez de línea para reclamarle un fuera de juego inexistente. Cuando la partida llegó a la última mano, al de Camas le pareció gracioso conceder un par de metros al argentino al borde del área pequeña y éste aceptó el regalo poniendo su triunfo sobre la mesa y batiendo a un Diego López que en su caída le dedicó a su capitán una mirada de incredulidad muy parecida a la que dejan las traiciones de los malos amores.
Por raro que parezca, con el empate volvió el orden. El Madrid se dejó de planes C y regresó a la táctica inicial: parapeto, dormidina y contragolpe. En una de esas, Morata, especialmente activo ayer, estuvo a punto de coronar un gran centro de Modric al segundo palo, pero el balón chocó con el lado equivocado de la red.
A la vuelta de vestuarios, Mourinho sacó a los buenos y el Barça evidenció su estado de catatonia permitiendo que Cristiano le disparase más veces en media hora que todos ellos al Madrid en el triple de tiempo. Las arrancadas del portugués despertaron el recuerdo de la impresionante victoria del martes, y levantaron al equipo de su siesta y al público, de sus asientos. Tuvo varias el de Madeira, pero en especial dos tiros libres, uno con la barrera a seis metros que estuvo a punto de colarle a Valdés, el mejor del Barça ayer, por el medio de la portería; y otro en el que convirtió al arquero en estatua de sal y que acabó estrellándose tan en la escuadra que el balón pareció impactar simultáneamente contra el larguero y el palo izquierdo.
Antes, Valdés le había vuelto a negar a Morata las puertas del paraíso después de que éste efectuase un control magistral a un pase aún más magistral de Pepe con el exterior de la bota. Más suerte tuvo Sergio Ramos, y digo suerte porque le tocó lidiar con Piqué y no con Valdés para desnivelar el marcador con un cabezazo imponente a falta de poco más de diez minutos. El orgulloso padre de Milan ha coleccionado en tres semanas posters muy bonitos con Varane, Cristiano y Ramos.
Y aunque no se ha ganado nada, como bien recordó ayer Karanka, lo que está claro es que si el fútbol es un estado de ánimo, la antesala de Manchester hoy en Concha Espina es pura euforia.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Una final real

El Madrid consiguió el pase a su segunda final de copa en tres años ante el peor rival posible y en el escenario más hostil que se pudiera imaginar y, pese a todo, nada de eso fue la noticia del día. Sí lo fue la naturalidad con la que todo aquello se desarrolló.
Quien viera arrancar el partido, o lo escuchara por la radio a la salida del trabajo de camino al bar más próximo, supo que aquella noche no iba a ser igual que la que hace tres años se cobró un bofetón en la cara de todos los madridistas. Solo se escuchaban nombres merengues, en la humareda de piernas siempre acababa saliendo victoriosa una media blanca, el vértigo se imponía al cuento. El Madrid impuso un estilo y se metió en la final por fuerza y por honor.
Era cuestión de tiempo que la eliminatoria, salvada como se pudo en el Bernabéu, volviese a desequilibrarse a favor del mejor de los dos comparecientes ayer en el Camp Nou. Fue, cómo no, en un contragolpe que desnudó la charlatanería de los tiquitaquistas y dejó en la mesa final al mejor jugador del mundo cara a cara con el hombre que exhibió su seny hace tres años alzando la mano a la grada. El mismo, por cierto, que bautiza a sus críos con los nombres de los rivales. Por supuesto, el combate no llegó ni a los puntos porque a Ronaldo aquel culé de apellido Bernabéu no le duró ni un asalto. Zancadilla, penalti y 0-1.
No se conformaron los blancos con el resultado y la cosa que, conviene recordarlo, no era en absoluto normal, lo pareció completamente. Tal fue la insistencia que el tema pudo quedar finiquitad en la primera parte, aunque hubo que esperar a la segunda  para que los cardiólogos pudieran respirar tranquilos. Fue Cristiano quien empujó a las mallas el segundo después de una galopada de Di María embellecida con un quiebro que obligó a hincar la rodilla al capitán del ejército persa. Que su disparo no acabara en gol fue una burla cósmica contra la que se rebeló airadamente Ronaldo, dando de paso una lección magistral de dónde y cuándo tiene mérito la pausa en el fútbol ante noventa mil gargantas enmudecidas. 0-2 inapelable.
Varane, el otro gran protagonista de la eliminatoria, no quiso quedarse atrás e igualó su duelo personal con Ronaldo anotando el 0-3, segundo gol suyo en esta semifinal ante el eterno rival. Guarismos calcados a los del portugués para un central apolíneo que ha terminado de amurallar la fortaleza de Mou.
Y con la misma naturalidad con la que el Madrid despachó al que decían mejor equipo del mundo pasó, sin pena ni gloria, el 1-3 de Jordi Alba, ese jugador al que unos pocos meses en el club del seny le han servido para volverse teatrero y protestón.
Todo ello, los tres goles, la eliminatoria superada, la perspectiva de un título en el horizonte, la insignificancia del gol contrario, fue meritorio. La naturalidad con la que se consiguió todo lo hizo sencillamente superlativo.

domingo, 3 de febrero de 2013

La rendición de Granada


La cara B del Madrid volvió a salir a pasear ayer, de nuevo, por Andalucía, la comunidad que esta temporada le ha visto dilapidar nada menos que doce puntos en lo que va de Liga. Registro histórico, nunca antes se había dado que el equipo merengue perdiera en sus visitas a cuatro equipos de la misma comunidad en una misma temporada, y más doloroso aún por lo parejo de tales guarismos con la distancia con respecto al líder de la competición.
Lo de pasear tampoco era una manera de hablar. Es, más bien, una descripción ajustada de la actuación de unos hombres que parecen otros sin el despliegue físico mostrado, por ejemplo, en la ida de la Copa. Cierto que se contó con poco tiempo de recuperación pero, como dijo Mourinho, algunos de los que ayer saltaron al césped no tenían motivos para estar cansados.
Observarán que no se ha hablado hasta ahora del partido, porque tampoco merece la pena. Fue un tostón soberbio cuya balanza se decantó por un balón peinado por Cristiano Ronaldo a la salida de un córner. El resumen sería motivo de alegría en casi cualquier partido, pero en éste tuvo la peculiaridad de que el remate fue contra la portería de Diego López, de nuevo titular, y dolorosamente contagiado del espíritu Casillas en la salida (o no salida, para ser más exactos) que costó el único gol y, a la postre, el partido. No tiró a puerta más veces el Granada y al Madrid le costó una hora hacer el primero de sus pobres cuatro disparos entre los tres palos. El partido, en fin, fue malo de solemnidad, indigno de un encuentro de Primera División y, por lo que respecta a los madridistas, un insulto a la camiseta. Que duele más después del traspiés del líder, que solo consiguió empatar en Mestalla donde el Madrid había goleado semanas antes. Una victoria en Granada habría puesto al equipo a 13 puntos, una distancia no tan insalvable teniendo en cuenta que el líder ha de jugar aún en los campos del segundo y tercer clasificado.
Por desgracia, no parece que los jugadores hayan hecho muchas cábalas de este tipo. Que sea por que sus mentes están centradas en los otros dos títulos que sí ven más cercanos es el único consuelo que queda en estos momentos.

jueves, 31 de enero de 2013

Un coloso apaga las llamas



Tanto coqueteó anoche el Madrid con el abismo que la impresión generalizada tras el empate a un gol con el que se saldó el primero de los tres clásicos que se avecinan fue que los merengues no solo salieron con vida sino hasta algo espoleados. No solo porque el equipo tuviera bajas, muchas y muy importantes en puestos determinantes; sino porque, por poner un ejemplo, el equipo pasaría a la siguiente ronda con repetir en el Camp Nou el resultado que logró el Málaga en la ronda anterior o, por citar algo más cercano a Chamartín, el que logró el propio Madrid en la edición del año pasado. Y no es poca cosecha.
Porque, con la delantera mermada –ni Higuaín ni Benzemá están siquiera cerca e su mejor nivel– sin Di María, un puñal que ayer hubiera podido meter en más de un problema a un Jordi Alba tan eficiente en ataque como coladero en defensa, y sin los dos centrales titulares, que el Barça se adelantara en la segunda parte después de un afortunado (o desafortunado, según se mire) rechazo hizo parecer que el suelo se abría bajo los pies del equipo blanco. A ello se sumó, además, que ni Khedira ni Xabi tuvieron su noche, que Mourinho estuvo lento dando entrada a Modric y salida a un Callejón que no justificó su titularidad, además de demasiado atrevido dejando a Carvalho sobre el césped después de una amonestación y varias pifias, y un Cristiano intermitente cuyos destellos el Barça no se cortó en apagar con marrullerías toleradas por un árbitro que, para variar, maleó los raseros como le vino en gana.  
En medio del caos el Madrid se sostuvo por la actuación imperial (otra) de Özil, pero por detrás de él emergió la figura aún más colosal (por inesperada, por esperable) de Raphael Varane. El central francés jugó su primer clásico con solo 19 años, casi dos después de haber llegado al primer equipo. Jugó cuando estuvo preparado, nadie le quemó antes, y gracias a eso ayer pudo desplegar la mejor actuación de su vida ante el mejor rival posible. Mourinho, claro, nada que ver.  
Más allá de su gol redentor, que sofocó el incendio incipiente en la sala de máquinas merengue y devolvió el pulso a la eliminatoria, el joven defensa merengue dio una exhibición en la retaguardia, recuperando metros en carreras imposibles, demostrando una precisión quirúrgica al corte, y salvando el pellejo de otros compañeros en errores garrafales como la cesión de Carvalho al portero en la primera parte que no acabó en gol porque no lo quiso la providencia. Y la providencia ayer se llamaba Raphael, que tuvo la fe suficiente como para correr veinte metros para ejercer de portero sin manos y despejar un balón que había rebasado ya al guardameta.  
Fue, sin duda, la mejor noticia de un día en el que los focos se situaban un poco más atrás, en la portería. Jugó Diego López y se escuchó un runrún, justo lo mismo que hubiera sucedido su Mourinho hubiera perpetuado su apuesta por Adán. Probablemente se equivocó no dándole la alternativa definitiva después de la confianza reiterada en él durante toda la temporada. Lo cual no quita para que Diego López, sobrio y hasta salvador en alguna ocasión, probablemente esté mejor que él ahora mismo. Lo cual no contradice en absoluto que Adán estuviera mejor que Casillas cuando el técnico –y no los periodistas– lo decidió.  
Sea como fuere, la noticia no fue ayer ni Diego ni Adán, sino Raphael. Suyo es el futuro del Madrid y gracias  a él el Madrid sigue teniendo el presente muy vivo. Los precedentes no invitan al desaliento. Y nada más propio de esta institución inasequible al desaliento aferrarse a la vida antes de invocar la épica.

domingo, 27 de enero de 2013

Una historia verdadera

Cuarenta y cinco minutos necesitó el Madrid para liquidar el choque de esta mañana en el Bernabéu contra el Getafe. En realidad, fueron diez, los que tardó Cristiano Ronaldo en ejecutar un hat-trick que aleja al equipo de debates de mentira y reclama para él verdades evidentes como el carácter colosal de su juego y el indignante ninguneo al que se le somete en los galardones internacionales. Su fútbol hace honor a su nombre, es una verdad revelada que solo puede lamentar que el madridismo haya tardado tanto en reconocerla de manera inquebrantable. El Bernabéu volvió a ovacionarle cuando Mourinho decidió protegerle de cara al clásico del miércoles. Esperemos que tanto afecto no llegue tarde, porque no se recuerda a un futbolista tan total por Concha Espina desde hace muchas décadas.
El resultado, para nada mentiroso con la diferencia abismal que separa a los dos equipos, sí puede llevar a equívoco con respecto al esfuerzo que le requirió la tarea al equipo merengue. En la primera parte los blancos cocinaron la victoria tan a fuego lento que se corría el peligro de  adormecer a la parroquia y coquetear con algún desliz en defensa como el que torció el partido de la primera vuelta contra el mismo rival. Durante esos minutos, fue Özil el que se encargó de remover esporádicamente a sus compañeros para evitar que la cosa se acabara pegando.
Otro alemán, Khedira, se unió a la causa en la segunda parte y la cosa se desató. El hecho pasará desapercibido para los periodistas de whatsapp, pero desde que este chico aprendió a pasar hacia delante ha derribado todas las puertas para ser un futbolista descomunal. Muestra de la confianza que rebosa en los últimos partidos fueron dos taconazos que pudieron poner la guinda a la victoria. Mourinho, imaginamos, nada que ver.
Pero no debería desviarse la atención del verdadero protagonista. Cristiano Ronaldo es un futbolista colosal que agota todos los calificativos cuando se encuentra en plena forma, estado que ha rebasado ya hace varios partidos. Marcó el 2-0 después de una contra en la que Özil ejerció casi de colocador de voleibol y que él ejecutó, como le hemos visto tantas veces, después de una carrera sideral. Uno se queda a veces con el gusanillo de saber hasta dónde llegaría si le abrieran la puerta del estadio que hay detrás de la línea de fondo, aunque uno imagina que sería muy, muy lejos. El portugués marcó el tercero de su equipo y segundo de su cuenta de cabeza a pase de un redimido Di María, que encontrará más paz por la vía de las asistencias que de las revanchas ante rivales que, conociéndole, siempre tratarán de picarle. Y como si fuera un guiño cósmico, Cristiano despertó a Moyá de su sueño rematando el hat-trick desde los once metros.
Antes de la fulgurante irrupción de Cristiano en el partido, Ramos había adelantado al Madrid con un gol de pillo después de una mala salida de Moyá que éste trató de excusar con un supuesto roce de Carvalho, un ejercicio de frustración más que comprensible después de lo exitosamente que había liderado la defensa numantina de su equipo hasta ese momento. Pero sería poco honesto sugerir siquiera que la victoria del Madrid se sustentó sobre algo tan menor. Y se podrá decir y escribir lo que se quiera, pero la única historia verdadera es la que está escribiendo un Cristiano colosal subido a los lomos de un equipo cada vez más entonado.

jueves, 24 de enero de 2013

Trámite y a semis

Terceras partes pocas veces fueron buenas y la de Mestalla de anoche llegó bastante falta de alicientes. Una victoria lo suficientemente solvente en la ida y, sobre todo, el bofetón del interludio liguero hacían que pocos creyeran, aunque fuera remotamente, en la remontada. Una grada lejos del lleno así lo atestiguó, de hecho.
Pero si había poca emoción, el azar, el árbitro y algún que otro jugador del Madrid se empeñaron en atizar las ascuas de una eliminatoria muerta. El primero haciendo que una (otra) mala salida de Casillas en un córner acabara con el balón muerto en las inmediaciones del área chica. Arbeloa, que estaba para menos bromas que el capitán, reventó el balón y los restos de metralla se llevaron los dedos de una mano de Casillas al limbo de los daños colaterales. Antes de cumplir el primer cuarto de hora, Iker se vio en un trago similar al que tuvo que pasar Adán en Liga frente a la Real Sociedad.
El portero suplente cuajó una buena actuación, sin demasiadas estridencias y alguna que otra parada notable. Hasta el gol del empate del Valencia. Antes Benzemá había sofocado la animosidad ché, todavía en la primera parte, mandando a las mallas un pase que Xabi trazó con escuadra, cartabón y esmoquin, y que volvió a destapar las vergüenzas de Ricardo Costa.
En la segunda parte, cansado de dejarlo todo al azar, Coentrao se autoexpulsó con una mano ridícula que encima premió al Valencia con una falta lateral de las que no hace tanto ponían a tiritar a la defensa del Madrid. Por desgracia, parece que el portugués sí tuvo la sangre fría que no tuvo Ramos, así que no nos queda ni el consuelo de perderle de vista cuatro o cinco partidos. Tras el saque de falta, un mínimo roce de un defensa bastó para que Adán se quedara con el molde e hiciera un Arconada en toda regla.
Ni el 1-1 espoleó lo suficiente al Valencia, tal vez entumecido por el correctivo recibido después de casi cuatro horas de fútbol, tal vez con el premio final tan distante que apenas podía divisarse. Fue entonces cuando el árbitro, decidido a no dejar que se le cayera el encuentro por la alcantarilla del encefalograma plano, comenzó su recital. Su modo de ignorar las agresiones a Cristiano fueron una provocación barriobajera solo equiparable a la indecencia de algunas de las tarascadas. En pleno apogeo del árbitro, Di María se coló en la fiesta por la puerta equivocada y, en lugar de llevarse el coche o el apartamento en Torrevieja, se fue a la caseta por la puerta chica escasas horas después de coronarse en la misma plaza. Su agresión fue tan merecedora de roja como otras antes en el bando contrario. Que Banega acabara al partido fue una mala broma. Que el árbitro le sacara la primera amarilla en la prolongación, un recochineo denunciable.
Sea como fuere, el Madrid se cuela por tercer año consecutivo en las semifinales de una competición en la que no hace tanto se jugaba los cuartos (o los octavos, o lo que fuera) contra rivales de tercera. Literalmente. El de estas semifinales, triunfe la lógica o la sorpresa, será de tronío.

lunes, 21 de enero de 2013

El Madrid ya tiene ángel


Pasó la semana entre rumores de banquillo para Cristiano Ronaldo después de su cacareada bronca con Mou al término del partido de ida de los cuartos de final de la Copa del Rey. Sorpresón, por cierto, que se filtre un encontronazo en el vestuario. Y se habló poco de fútbol a pesar de que el Madrid empezó a mostrar signos de recuperación ya en aquel partido.
Lo que sucedió ayer en Mestalla confirma que el equipo sigue en la línea de mejora apuntada en Copa y recuerda que, aunque la Liga tal vez esté perdida, la clase sigue fluyendo por las venas de este equipo. Clase y pegada mortal, porque el bofetón de realidad que le soltó el Madrid a su adversario, cinco goles en cuarenta y cinco minutos, es una estadística irrefutable que solo palidece ante la hipótesis de la paliza histórica que pudo haber sido.
Porque el Madrid se adelantó pronto, antes de los diez minutos; pero lo hizo después de que el autor del primer gol perdonase otra ocasión mucho más clara instantes antes. A la segunda no hubo piedad, y un contragolpe lanzado por Özil y Di María acabó con un remate preciso del Pipa Higuaín que desequilibró el marcador y pintó de piedra a Diego Alves. De toda aquella ecuación sobresale el nombre de Di María, uno de esos que no estaban y que pueden ser cruciales si deciden volver a estar. El Fideo se despachó a gusto contra sus críticos con un partido en el que hizo de todo: correr, marcar y asistir. Lo primero había empezado a hacerlo últimamente, pero como en lo segundo y lo tercero empiece a haber continuidad, este Madrid será temible.
A la fiesta se pudo sumar Khedira, de nuevo superlativo en su faceta box-to-box, pero el tremendo desequilibrio entre sus descomunales cualidades tácticas y físicas y su limitadísimo repertorio de remate le volvió a cerrar la puerta grande. Como dice un amigo mío, si a este chico le ponen a ensayar disparos una hora después de todos los entrenamientos, le hacen balón de oro. Y no es ninguna exageración.
El que sí estuvo en la fiesta fue el capitán in péctore del equipo, CR7, un ciclón agradecido por la decisión de Valverde de ponerle a lidiar con Diego Alves en lugar de Guaita. De sus botas nació la asistencia del segundo gol, con la que puso el balón a escasos centímetros de la raya a Di María y la cadera a varios metros de su sitio natural a Ricardo Costa. El tercero y el cuarto también llevaron la firma del portugués: uno, un órdago de velocidad que ningún defensa fue capaz de ver y que liquidó con un zapatazo al palo corto que Diego Alves no supo defender, y otro después de una vertiginosa jugada de toque en la que Di María empala un centro por la banda que Özil dulcifica con el tacón y el portugués remacha sin contemplaciones. Aun se plantaría solo el argentino una vez más delante de la portería de Diego Alves para redondear su gran noche, justo antes del descanso.
Y después, poco más. Valverde acertó al reconocer que el Madrid había perdonado lo que podía haber sido un castigo mayúsculo y la afición ché, que abandonó en masa el estadio hasta dejarlo casi vacío hacia el final del encuentro, no tuvo ni el clavo ardiendo del arbitraje para mascar una derrota sin paliativos. Lo peor para el Madrid, el escozor con el que puede acudir el equipo valencianista a la vuelta de la Copa del Rey. Lo mejor, sin duda, que se sigue con la progresión que acerca el recuerdo al equipo demoledor de la Liga de los cien puntos. No es momento ni de lamentarse por la pésima primera vuelta ni de fantasear con hazañas imposibles. Pero a este nivel, puede que baste el trabajo para que la temporada se acabe escribiendo en términos épicos.

miércoles, 16 de enero de 2013

Medio pie en semifinales


El Madrid asomó ayer la cabeza en las semifinales de la Copa del Rey, justo el paso en el que se quedó el año pasado, en la competición que ganó hace dos. Lo hizo después de un partido tenso y vibrante contra un rival que rayó a muy buen nivel y que protestó airadamente la actuación arbitral, que a decir verdad fue una de esas que ciertos presidentes celebran sin remilgos cuando les arropan los incondicionales.
Porque sí, el línea le cantó a Soldado tantos fueras de juego que uno pensó que en cualquier momento el delantero valenciano iba a hacer honor a su nombre y le iba a fulminar con la mirada o algún otro método más expeditivo. Casi todas esas infracciones mal pitadas, también ha de decirse, se resolvieron de manera intrascendente. Eso, junto a una mano y un agarrón en el área de Carvalho sirvió para que Superdeporte, el diario deportivo valenciano, hablase de “el atraco de siempre”. En una línea similar se expresó David Albelda, aunque aún está por determinar si el capitán valencianista es un llorón como se le dijo a Di María esta semana o alguna suerte de libertario. Como hace unos días escribíamos que el Madrid, pese a los errores arbitrales en el Reyno de Navarra, no podía excusarse en ellos para justificar el empate; nosotros optaremos por hablar de fútbol.
Porque lo hubo y mucho anoche en el Bernabéu, aunque no necesariamente de la forma ordenada que les suele gustar a los entrenadores. Salió el Madrid a romper y el Valencia con una determinación similar, en su caso por evitar que el rival se desmelenase tan pronto. Prueba de ello fueron las cinco faltas que recibió Cristiano en los siete primeros minutos, ninguna de ellas merecedoras de amonestación a juicio del mismo colegiado al que algún valencianista querría haber visto colgado de la falla mayor.
El portugués fue el jugador más activo en este primer tramo de partido, pero no el único. Özil rayó otra vez a gran nivel, Modric pareció mucho más cómodo en su vuelta al once titular, y sería una completa injusticia obviar el tremendo rendimiento que ofreció Khedira, más top que nunca. Hasta Benzemá, absolutamente intermitente, dio una gran sensación de peligro las escasas veces que agarró el balón cerca del área.
Suyo fue el primer gol, que llegó después de una parada salvadora de Casillas y de un contraataque de manual lanzado por Essien que Khedira convirtió en veneno puro con un solo toque. El francés remató la faena con el estoque tras un amago muy torero. A esas alturas el dominio del partido ya era del Valencia, que tampoco se descompuso después del primer golpe, seguramente pensando que la batalla habría de dirimirse en tres horas y no en una y media.
A vuelta de vestuarios las fuerzas se equilibraron y el partido se convirtió en un toma y daca de esos que tanto temen los entrenadores visitantes en el Bernabéu. El saldo parcial fue idéntico al de la primera parte, 1-0, después de que Higuaín apretase con su presencia y una mano absolutamente involuntaria para superar a Guaita y Guardado. El mexicano fue el primero en despejar las dudas sobre la validez del gol al no protestar absolutamente nada la acción.
En el intercambio, el Valencia también tuvo las suyas, especialmente un rechazo de Casillas que cayó en los pies de Jonas y que éste mandó al limbo con todo a favor, pero también en los múltiples balones colgados –el Valencia ayer casi bate el Guinness de córners– al área merengue que Casillas, una vez más, se negó a gobernar como debería un portero de su talla. Esa es la cara B del guardameta mostoleño, por más que sus voceros se nieguen a escucharla.
Pero, igual que por ahí pudo reducir distancias y hasta empatar el Valencia, el Madrid tuvo la sentencia de la eliminatoria en dos mano a mano de Cristiano Ronaldo extraordinariamente despejados por Guaita, el mismo portero que incendió Canaletas tras negarle la victoria al Madrid en liga en la antesala de su visita al Camp Nou.
Y tal vez ahí estribe la mayor garantía del Madrid de cara a la vuelta. Más allá del innegable valor de los dos goles y el cero en la portería propia, cuesta creer que, conociendo al portugués, no trate de resarcirse en la vuelta. Con todo, sigue siendo una buena noticia que después de que tanto se hablase de cristianodependencia después de la cita de Pamplona, la ida de cuartos de Copa haya dejado una victoria sólida que no invita a lamentar demasiado los fallos del portugués.

lunes, 14 de enero de 2013

El fin, los medios y la memoria


El Madrid cerró el pasado sábado en el Reyno de Navarra una primera vuelta que le ha dejado a dieciocho puntos del líder y por debajo del Atlético de Madrid en la clasificación, datos que hubieran hecho desternillarse hasta al madridista más epidérmico al principio de temporada.
Lo peor, desde luego, fue la imagen con la que el equipo cerró sus primeros diecinueve partidos: en casa del colista, con un único tiro a puerta en todo el partido –en el descuento– y la perenne impresión de que sin Ronaldo no hay nadie capaz de evitar la tendencia del equipo este año a la depresión y la abulia. Ni siquiera el lamentable arbitraje –uno más–, que privó al Madrid de un gol legal, volvió a diezmarlo por una expulsión justa pero impensable contra otros equipos o jugadores, y sancionó a Oier solo con una amarilla por una entrada criminal contra Higuaín, puede servir de excusa. Osasuna no jugó a nada y el Madrid cometió el pecado imperdonable de seguirle el juego.
Y, aunque la agresividad mediática contra Mourinho se haya rebajado bastantes grados, perdura la sensación de que el técnico portugués no acaba de dar con la tecla para hacer reaccionar a sus hombres. Puede que, como dicen algunos, haya dado por perdida la Liga y no le importe entrar en barrena con tal de picar el orgullo de sus jugadores.
Resulta justo, cuanto menos, dudar si el fin justifica los medios, porque es evidente que cualquier madridista pasó del cabreo de los primeros partidos a una cierta decepción resignada el pasado sábado, y no es desde luego ninguna de las dos características habituales del fenotipo madridista. Pero también es cierto que si el equipo se despereza en los tres últimos meses de competición y el sprint le llega para coronarse en Champions escaso poso quedará de todo este sufrimiento. Baste ver la pobre actuación que el equipo tuvo en Liga el mismo año que se consiguió la Octava, o lo poco que duró la decepción del centenariazo cuando, días después, se consiguió la Novena.
Quizá haya que quedarse con algo de las dos posiciones. Es evidente que el Madrid no puede seguir paseando ciertas actitudes en campos de rivales manifiestamente inferiores. Se puede empatar, se puede perder, pero no se puede dar sensación de impotencia. Del mismo modo, no se puede descartar a esta plantilla para el resto de títulos en liza. Que en la Liga se haya dado la circunstancia del que el Barça haya culminado una primera vuelta con catorce puntos más que el año pasado a estas alturas, apoyado en sus momentos de buen juego y en los empujones arbitrales en situaciones de debilidad como la que vivió, por ejemplo, en el Reyno, o que el Atlético de Madrid haya hecho casi el doble de puntos en esta primera vuelta que el año pasado en los mismos partidos son datos que deben servir para poner en su justo relieve lo que está sucediendo. El Madrid ha completado una mala primera vuelta, pero de ninguna manera una temporada catastrófica. Hay entrenador, jugadores y partidos de sobra para dar la vuelta a la situación y contestar con títulos. En sus manos está.

jueves, 10 de enero de 2013

Comunión con Cristiano


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Una década llevaba el Madrid sin remontar una eliminatoria y tan solo dos minutos estuvo ayer eliminado en octavos de final de la Copa del Rey, los que tardó Ronaldo en agarrar un saque de banda de Arbeloa, no le hace falta mucho más al portugués para hacer virguerías, y mandar un zapatazo al fondo de las mallas que clasificaba al Madrid por el valor doble de los tantos fuera de casa.
Y por si acaso algunos, los que no le votaron como mejor jugador del mundo -o los que sí pero no-, entendieron el tanto del portugués como una ecuación en la que el portero vigués ejerció de incógnita determinante; el crack de Madeira se despachó a gusto con otros dos goles, uno más delirantemente anulado, y una asistencia en las postrimerías del partido. Así que los premios dirán lo que quieran, pero Cristiano es un futbolista superlativo, que ha realizado una campaña espectacular, ha ayudado al Madrid a ganar la Liga más complicada del mundo y a su selección a colarse entre las cuatro mejores de Europa. Su comunión con el Bernabéu es total y sus galones en el equipo se agigantan a cada partido.
Pero el Madrid ayer no fue solo Cristiano, pese a lo que se lea por ahí. El Celta, que se presentó en el Bernabéu con seis bajas voluntarias en su once, de entre las cuales llamaba poderosamente la atención la de Iago Aspas, tal vez lo fió todo a mantenerse vivo en la eliminatoria dosificando la renta de la ida hasta la última media hora y ahí inyectar a su crack en el partido para tratar de sacar petróleo. Y pese a lo contundente del 4-0 del resultado, no estuvieron tan lejos de conseguirlo, porque tras acabar la primera mitad con un 2-0 y ver cómo Ramos era expulsado rigurosamente (la segunda tarjeta fue una estupidez suya, pero la primera lo fue del árbitro) mediada la segunda parte, el escenario les dibujó la prórroga a solo un gol de distancia con un rival nuevamente diezmado.
Sin embargo, en inferioridad el Madrid volvió a sentenciar con dos zarpazos en los que Ronaldo estuvo, cómo no, de por medio. En el primero selló el hat-trick que el línea le había negado en la primera parte después de una cabalgada sideral de las suyas cuando los demás boquean hasta para ir a por agua a la banda. Y el segundo fue una pared fabulosa entre Khedira y el portugués que acabó con el alemán trastabillado frente a la portería del Celta y rematando de una manera tan poco académica que el balón entró mansamente entre las piernas del defensa, sorprendido como todos por tan retorcida finalización. Es de estudiar lo de este chico. Pocos delanteros en el mundo crean tantas situaciones de peligro como él últimamente; una lástima que su habilidad para generarse ocasiones no venga acompañada de un mínimo despliegue técnico. Claro que, si fuera así, sería su renovación y no la de Cristiano la que traería de cabeza al madridismo.
El partido terminó con el público encendido, la eliminatoria superada y el Valencia esperando en cuartos. Antes hubo pitos a Mourinho y aplausos a Iker, que salvó los muebles con 2-0 en tres ocasiones, y volvió a mostrar su inseguridad habitual en los balones parados. Y, siendo el público soberano, cabe preguntarse si lo que ha mediado entre el Mourinho coreado hace escasos meses por desbancar en Liga al que se denomina mejor Barça de la Historia y éste al que ahora se pita son los 16 puntos de desventaja que separan al equipo blanco del líder o la devastadora campaña mediática que se ha hecho contra un entrenador cuyo máximo pecado ha sido no tolerar injerencias externas en la gestión deportiva del equipo. Ronaldo, que además de capitán in péctore tiene últimamente la sensatez por bandera, hizo ayer un llamamiento a la unidad del equipo y la afición. Para los que ahora claman contra Mourinho y luego pedirán continuidad y proyecto, sirvan las dos competiciones en los que todavía sigue vivo el equipo como motivación para dejar de tirar piedras contra el tejado propio.

domingo, 6 de enero de 2013

Regalo trampa

 
Fueron pocos, apenas sesenta mil, los aficionados que decidieron acercarse a recoger su regalo ayer por el Bernabéu. Dieciséis puntos y un horario que se prestaba más a sobremesas familiares tuvieron a buen seguro la culpa de las ausencias, y es probable que el morbo del debate de la portería fuera el responsable de que el índice de deserciones no fuera aún mayor. Sea como fuere, ninguno de los que se asomaron por Concha Espina pudo prever que el fútbol les fuera a obsequiar con un guion tan retorcido.
Sobre todo cuando en el minuto dos un pase medido de Khedira, y aunque algunos no lo crean esas cuatro palabras a veces empastan bien, habilitó a Benzemá para adelantar al Madrid. El arranque aventuraba, si no goleada, sí al menos cabalgata plácida porque el rival era de esos que, en condiciones normales, suelen fiarlo todo a no encajar primero. Pero el guion de ayer no era normal y cuando no habían pasado ni seis minutos Adán convirtió un despeje en un runrún que el ataque txuriurdin podría haber pasado perfectamente por alto, pero la insistencia de Carvalho en anunciarlo por megafonía permitió que Vela se acabara plantando solo delante del portero. Un recorte después, el delantero mexicano estaba en el suelo, Adán injustamente en los vestuarios (ni era el último hombre ni el atacante iba a puerta), Xabi Prieto en el punto de penalti, Casillas bajo palos y la grada incendiada. Porque si ya en el calentamiento el veredicto popular había levantado el pulgar al mostoleño, su inesperada salida al césped le colmó aún de más aplausos e hizo soñar a la parroquia blanca y a algún que otro antimourinhista con una parada redentora desde los once metros que elevara su santidad a cotas intocables.
Por desgracia para el portero del pueblo y para el Madrid, el guion del partido no era un mal telefilme de las tres y media, y Xabi Prieto firmó las tablas y un interruptus en muchas redacciones. Empate y un hombre menos con ochenta y cinco minutos por delante, este punto de giro debería estudiarse en las escuelas de cine.
Lo que siguió fue el natural hundimiento anímico de la tropa merengue, que en los momentos de zozobra se sostuvo exclusivamente por la descomunal fe en sí mismo y en su equipo que tiene Cristiano Ronaldo y por las luces de Mesut Özil. La Real dominó buena parte de la primera mitad, obligando a los de Mourinho a correr detrás del balón, exprimiendo su superioridad y sembrando un cansancio que hubiera podido ser catastrófico ante cualquier otro rival. Pasada la primera marejada, el Madrid se levantó de la lona con la convicción suficiente como para hilar un par de jugadas de peligro. En una de ellas, un disparo de fogueo de Carvalho acabó en las mallas tras ser desviado por el tacón de Khedira. Y sí, tacón, Khedira y gol son palabras que a veces también riman.
Pero poco duró la alegría en casa del diezmado, porque un desafortunado rechazo de Xabi Alonso dejó de nuevo a un atacante realista solo delante de Casillas y su remate fue tan implacable que poco hubo que objetar al nuevo empate. Al filo del descanso, un contragolpe de tres para dos mal lanzado por Benzemá acabó, no obstante, con un disparo del francés que se estrelló en el poste derecho de la portería de Bravo. No satisfecho con la pirueta narrativa de negarle a los locales la victoria parcial al descanso, el guionista del partido dejó el rebote de la madera en las botas de Khedira, que a portería vacía mandó el balón a hacer pareja con el del penalti de Ramos. Esto a los del tacón y la asistencia sí les parecerá más normal.
A la vuelta de vestuarios no hemos podido confirmar si Cristiano saltó al césped con barba y corona; pero tampoco sería de extrañar, a juzgar por las dos perlas con las que aflojó la soga que amenazaba de asfixia al actual campeón de Liga. La primera, tras una genial asistencia de Benzemá, que pese a su gol y medio no estuvo a su mejor nivel, sirvió para desequilibrar la balanza. El segundo, de falta, sirvió para retratar a todos los comentaristas que tiemblan como colegialas con el juego de pies de Bravo pero se olvidan de que los porteros suelen tener que usar más las manos. En el 4-2, las del portero chileno hicieron honor a su nombre y parecieron ovacionar el disparo del crack de Madeira en lugar de tratar de desviarlo.
Resuelto el partido saltó al campo el Pipa y la grada le agradeció sentidamente las múltiples carreras que se ha echado con esta camiseta. El argentino tuvo en sus botas el 5-2 nada más entrar, pero el guionista entendió que era mejor negarle el éxtasis tras su larga lesión, como ya le había rechazado la gloria eterna al capitán en la primera parte. Y como suele suceder en estos casos, al segundo punto de giro le sucedió una complicación en forma de gol de Xabi Prieto, que culminó así el hat-trick más hermoso e inservible de su carrera.
Los apuros de última hora no fueron tales porque el colegiado, que se resistió a equilibrar los efectivos de ambos bandos hasta que no le quedó más remedio, expulsó justamente a Estrada. El Madrid impuso entonces su mayor experiencia, hora y cuarto larga, jugando con diez y el partido expiró mansamente con el mismo resultado, 4-3. Tres puntos que abren la puerta a una nueva batalla, la de la Copa el miércoles contra el Celta, que promete tener también un guion de infarto.